La fiesta de los bostezos recién empezaba, y tenías olor a lluvia en todo el cuerpo. Actuaste de todas las maneras imposibles, con plumas rojas, con antifaces de brillantina, y hasta con tu propio rostro.
Aún sabiendo lo que significa entrar por una puerta y habitar toda una sala, desconocías la cantidad de ventanas que elevaron sus persianas, en el mismo instante en que tu fuerza se acomodaba en un sillón.
Empezaste a servirte de nieblas efervescentes, y el espíritu te sonreía con todos los dientes hasta abrirte en la cara un ojo mas; ojo que no se podía comer, ni invitar a bailar.
De tu sombra se ocuparon las polillas: fueron pájaros silvestres, montañas altas, la belleza mágica revelándole sus trucos... Mirá todo lo que hicieron por tu sombra!, simularon un cielo abierto mientras vos, reunías las contradicciones de tu alma para encontrar una única verdad. Cierto es que lo único suele multiplicarse, abrirse como una mujer en el abrazo de un hombre, y fragmentarse hasta inundar de papel picado toda la fiesta.
Pero vos olías a lluvia, y aún todo empezaba y volvía a empezar. El reloj se había embriagado de intervalos, y ofrecía en bandeja todas las horas, todos los minutos (y vos contando los segundos para reír!). Recién prendían las luces de colores, y podía verse guirnaldas amarillas en todo el salón, el simulacro de un barco fantasma seduciendo a la mar.
Lo cotidiano del beso en la mano te atemorizaba tanto como la caída de una pestaña, no podías entender la unión casi física, casi espiritual, de un cuerpo y un pedazo de alma. La pequeña se acomodó cerca tuyo, la pobre te tragó todo el aire; vos intentabas leerle todo el vestido, pero te invadías de ausencia al llegar a su rodilla. La pequeña arrugó su cara en 20 medias sonrisas, mientras tu enmudecimiento la desvestía un poco: boca-hombros-pies.
La fiesta empezó a desintegrarse en pequeñas partículas de polvo: ustedes hechos bestias, escarabajos, alienes: vos mujer, ella hombre, más que humanos y seres, en ustedes se mezcló todo, como en el dulce apocalipsis de los sueños.
La señora abrió la puerta, y se dispuso a limpiar con la ayuda de la escoba y perversión de las manos: todo el después volcaba espuma, y flotaban vasos a medio llenar.
-¡Señor si no sale de la cama no puedo cambiar las sábanas!
-pero la pequeña, la pequeña está durmiendo.
-No hay nadie aquí señor, debió de haberse ido como todos los invitados.
Y en un gesto de sorpresa siniestra, exclama:
-¡Oh, he tragado a la pequeña!. Febril locura de creerse uno con tan solo dos...!, deseo caníbal de querer apoderarse del amor en todas sus formas!
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lunes, 5 de octubre de 2009
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