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CAMINO DE PIEDRAS

De repente estás juntando las piedras del suelo como si fueras otra persona, la que más se parece a tu idilio, a tu isla blanca de soledades doradas. Decís que no necesitas nada, salvo un todo muy pequeño: una pala de hierro, una esperanza de madera y el olor a tierra todas las mañanas. Decís que el viento te dicta una versión, y nunca fuiste más entero que esta vez en la que recoges la melodía con el corazón abierto, el alma abierta, la garganta abierta. Si hoy te preguntaran dónde querés ir seguro les mostrarías el camino hacia tu casa.

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Papeles en la mesa

Es de mañana y en mi mesa no hay abrigo para las hojas sueltas que escribí en algún momento.
De tanto mezclarse han llegado a encariñarse; les fueron brotando telarañas que se adhieren de margen a margen, como un puente indestructible y majestuoso.
Siempre llueve dentro de casa, aunque el sol se encargue de lucir su reino afuera. Siempre llueve dentro, y afuera es brillante y arde. Tengo una tacita de té sobre la parte menos invadida de la mesa, y dejo que su calor concentre todas las penas que arrastran las telarañas como escaleras de personas que no saben de otra cosa, que trasladarse sin cesar. El té se espesa y vuelve dulce, entonces riego mis entrañas como para despabilar el alma que seguro se sacude de tanta lluvia. Es momento de juntar las hojas, soplarle un poco el polvo que cubrió a la tinta, hacer un surco donde creo está el corazón y mirar del otro lado del adentro para afuera. Seguro ahí no llueve, seguro ahí el sol no quema.

7

Los hombres-luciérnagas tejen historias alrededor del cuello de las mujeres para ahorcar sus voces de sirenas, sus latidos-fuegos de bestias únicas. Pero ellos no saben que ellas guardan su música
en un lugar que jamás podrán quebrantar.

Perspectivas

En mirarte y no mirarte, en tu puente y en mi charco,
en la línea abierta de tu boca-pájaro anidado
y por último, en el hueco de mi solo mundo
no existe nada que pueda ser humano o nombrado.

Branquias

Labios de terroncitos de azúcar,
ojos de submarino maravillado,
manos de mariposas resucitadas.
Has venido a suavizar los colores,
a quitar el polvo de los viejos deseos,
arrancarle las patitas a los miedos.

Quieto en el mar de los peces con alas
atraes a toda la espuma sin rabia,
a todas las piedras preciosas sin fama
y a los azules, violentos, movimientos del agua.

Presencia de abrazo con olor a pasto cocinado al sol,
no puedes decirme las palabras secretas, ni tramar el plan para que yo te escriba.
Te manifiestas en pequeñas y poderosas fuerzas
que tejen la vida, de cerquita, acariciándola.

Cierra la puerta para escuchar

Veo tus ojos en el áurea de todas las cosas, de todo lo demás Y tu risa se entremezcla con el latido de los árboles y el aliento del nuevo día. Estoy buscandote en una oración, en la palabra sagrada, en lo dicho y no en el acto en mi pequeña patria feliz.

Castillos de arena

Hombre sin selva has venido a clavar tu espada en la miseria de mis ojos, en la pobreza de estas manos.
Alguien sin aliento te dijo alguna vez que no existen los deseos sin personas, ni personas sin deseos. Sin embargo, aquí puedes ver un purodeseo, un purodeseosinpersona.
Me veo en la obligación de advertirte que nunca antes una intención pudo traspasar mi cara. Se caen sobre mis piernas mojándome las rodillas, mordiéndome los tobillos, pidiéndome perdón a mis pies.
Hombre de niebla ¿Quieres cruzar esta pantalla de espejismos complejos y rudimentarios? 

A la mañana todo sigue su curso, el mar los va llevando uno a uno a su destino, a su isla de principios y finales. La marea es cómplice de los enredos brillantes que esconde la arena. Es cómplice de tu nombre y de la vigilia.